En
su blog SegundaCita, el 11 de julio a la 1.08pm, Silvio Rodríguez publicó:
“según me dijo alguien del pueblo (San Antonio de los Baños), estaba convocada
la protesta para hoy a las 11 en el parque de la iglesia”. En el artículo de
Carla Colomé publicado en El Estornudo
(https://revistaelestornudo.com/san-antonio-de-los-banos-protestas-11-julio-cuba/?utm_source=rss&utm_medium=rss&utm_campaign=san-antonio-de-los-banos-protestas-11-julio-cuba),
se esclarece un muy probable origen de las protestas en ese pueblo, las cuales
se extendieron por toda Cuba, siguiendo un efecto dominó, al parecer a partir
de que muchas personas que pudieron ver en las redes sociales lo que estaba
ocurriendo en San Antonio, decidieron imitar a los ariguanabenses, confluyendo
en manifestaciones en dispersos lugares de la isla. Dos o tres días después de
ese domingo cubano de resurrección, empezaron a tomar forma en mi cabeza
ciertas preguntas inquietantes. Si hasta Silvio sabía de las protestas, cómo no
lo sabía la Seguridad del Estado. Si la Seguridad del Estado sabía, por qué las
permitió. Si no pudieron impedir que las protestas ocurrieran, por qué no
cortaron la internet a tiempo para evitar que se propagasen y divulgaran. Si el
bloqueo es la causa de todos los males, por qué Diaz-Canel escogió la represión
violenta, malbaratando así la posibilidad de echar abajo los decretos de la era
Trump, oportunidad que se veía cercana a partir de la conjunción de buenas o
pragmáticas voluntades en el gobierno de Biden con la crisis humanitaria que se
empollaba en Cuba y los puentes que ha querido extender siempre una parte de la
emigración. Si no es el bloqueo la causa de todos los males,
solo una excusa de un gobierno incompetente, y la invasión norteamericana nada
más que el ‘ahí viene el coco’ con que se asusta al pueblo aniñado, por qué la
parte más visible de la emigración se lanzó a pedir invasión a grito pelado, en
perfecto antifonal con los argumentos de plaza sitiada, la pose de David contra
Goliat, que justifican la sociedad militarizada, las purgas antimercenaristas y
las simpatías internacionales hacia el gobierno y el pueblo que no claudican
ante la amenaza feroz del Imperio. Y finalmente, si el imperativo de Diaz-Canel
para sucumbir a su impulso despótico era demostrar que el gobierno contaba con
el apoyo de una mayoría ´revolucionaria´, dispuesta hasta a estrangular la voz
de mujeres y adolescentes entre los bíceps de agentes entrenados y disfrazados como
robocops o bodegueros, por qué desatar además una cacería alevosa de cuanta
cabeza se distinguió en los videos de las manifestaciones, o había alcanzado
cierta notoriedad aún antes del 11 de julio, en las acciones de San Isidro,
frente al ministerio del galletazo, desde el periodismo independiente, la
franca disidencia o el artivismo; y y sin embargo no han sido descubiertos ni
atrapados y entregados a la picota del Noticiero los posibles cabecillas de la
revuelta original en San Antonio de los Baños, ahora quizás entrevistos por una
muchacha que escribe al vuelo del súbito viento que expele una nariz en Nueva
York o México.
En Macondo habría sido posible que todo se concatenara como un malhadado tren de torpezas a la cual ya nos tienen acostumbrados nuestros dirigentes, casi siempre actores a destiempo, reactivos, especialistas en hacer las crisis más profundas, y salir de ellas sin ningún rédito distribuible, solo el cacareado fogueo en resistencias a la adversidad. El pueblo una y otra vez había salido de estas crisis más empobrecido, más dependiente y sombrío, pero, y esta es la verdadera ganancia del gobierno, más depurado de sus elementos inquietos, emprendedores, revolucionarios en el sentido lato de la palabra, a los que no solo se les mostró cada vez la puerta de salida, sino que se les dio un empellón para que cayesen en otro lado más productivo. Los príncipes del gobierno siempre se habían presentado agónicos, salvíficos, desvelados al lado de la masa sufrida, luego de haber convertido el revés en victoria -frase que parece antitética y esperanzadora pero no lo es, pues la masa nunca llega a saborear ese triunfo inesperado, sino la desabrida realidad que sin disimulo se enuncia: la victoria es el revés. Esta vez el país se acercaba también al fondo, pero al fondo fondo, a aquella sima del picadillo de cáscara de plátano burro, con el añadido de que no queda Caballo, que una enfermedad china se ha cebado en los cubanos, y que gracias a internet la gente ha visto fotos y videos de los príncipes al lado de la mesa surtida con langostas y vinos. Esta vez, además, las puertas están cerradas. La cerraron nuestros paladines obligatorios, luego de lustros clamando contra la injusta ley de Ajuste Cubano y la política de pies secos y mojados, que permitía el crecimiento expedito y legítimo de una comunidad cubana fructuosa en EEUU. De ahí que resulta inobjetable adivinar una pregunta que mantenía sin sueño a los que se dieron por oficio soñar por nosotros, soñar nuestro futuro. Cómo apagar la llama que empecinada intentaba calentar el aire atrapado en el globo que es la isla para hacerla elevarse sobre los miasmas. Cómo arrojar este nuevo lastre de gente esperanzada, creativa, luchadora, capaz de capitalizar la tamaña incompetencia de los cuadros redondos y los líderes soporíferos. Cómo silenciar a esta gente agotada de que los mismos cómplices de las crisis sean quienes proclamen, a costa de tapar bocas y oídos y expulsar del país a quienes discrepan de ellos, la victoria de su revés.
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