domingo, 24 de noviembre de 2019
dirigir en Cuba
Dirigir un país es difícil, pero en Cuba, sin oposición, con leyes que se aprueban unánimemente, con decretos que se promulgan sin divulgación previa, sin escrutinio de la prensa, con ocupantes de cargos públicos designados, con un pueblo en su mayoría agradecido y leal, con garantías para la continuación en los periodos y políticas de gobierno, las cuales pueden regular u organizar todas las esferas de la sociedad, la económica, la cultural, la ideológica…, casi sin parangón histórico, pues la vida de la nación ha transcurrido mayormente dentro del coloniaje, estructuración republicana e injerencia neocolonial, de modo que la ineditez del pasado reciente de Cuba o su presente, tienen una ventaja rotunda cuando se comparan con lo anterior a 1959, y han ido desapareciendo de la memoria social lo hitos de comparación (tal gobierno es mejor que mascual, tal partido me conviene mas que mascual)… es difícil dirigir un país, pero los dirigentes cubanos la han tenido más fácil. Es cierto que ha existido y existe la oposición del más poderoso enemigo, pero dicha oposición ha engendrado el apoyo de poderosos amigos también. Es cierto que el enemigo trata de imponérsenos injustamente, que nuestro pecado original es existir, ser, querer ser, distintos, independientes, libres, pero también lo es que algunas circunstancias particulares de nuestra vida política, del modo en que se han facilitado la "actividad dirigentil" nuestros dirigentes, engendran más oposición que otras, de parte de nuestro enemigo; y que esas mismas cosas no son consustanciales a lo que somos, sino que forman parte más bien de lo que fuimos, del pasado contra el cual luchamos y que creímos vencido: dependencia económica e ideológica de una metrópoli extranjera, división entre cubanos, férreo control de la actividad política por parte de los cubanos.. en fin, los vestigios de los colonialismos o los tutelajes.
martes, 12 de noviembre de 2019
orgullo aquilino
silvio dijo...
Zenon, eso que tu llamas "orgullo aquilino" yo lo veo un poco más para acá en la geografía mediterránea, porque el sentido del honor es muy español, y muy romántico. Ese orgullo arraigado a veces nos impide entender a otras culturas. Y mal que nos pese eso nos emparenta con la lógica de la conquista, que jamás se empató con la idiosincracia del indio. Por eso, además de despojarlos, los discriminaron con un racismo que todavía se manifiesta ferozmente en Bolivia. Cada vez que queremos que un autóctono americano se porte como nosotros, hay algo del conquistador que se nos sale. 11 de noviembre de 2019, 20:56
Y sí, Silvio, llevas mucha razón, la diferencia de culturas condiciona posiciones diferentes ante el mismo hecho. Como ejemplo, traigo a colación el recuerdo de como en Mexico me repetían "el que se enfada pierde", no se valía la vehemencia cubana para defender una razón, y el uso de nuestras llanas frases sonaban imperativas órdenes: "alcánzame el libro", "siéntate aquí", dichos a iguales. Mis colegas mexicanos siempre decían, "¿disculpa, me podrías alcanzar el libro?", o "podrías sentarte aquí".
En cuanto a lo de "aquiliano", traje ese ejemplo pues Aquiles es modelo por antonomasia del héroe que asume un destino fatal con plena conciencia. Su madre Thetis había sido advertida de que Aquiles o bien viviría la más gloriosa de las vidas y moriría joven, recordado por siempre, o tendría una larga y oscura destinada al olvido. A tales extremos llegó ella como madre para protegerlo que hasta quiso reeducarlo como señorita, enviándolo a vivir disfrazado de doncella en la corte de un rey amigo, donde lo encontró Odiseo y lo reclutó para la guerra contra Troya. Cuando, ya en la guerra, Aquiles decide salir a vengar la muerte de Patroclo, le pide a su caballo Xantus que no lo deje muerto en la llanura sino lo traiga salvo de regreso al campamento griego. El caballo le responde que así será, pero que su día aciago no está lejos. Aquiles le dijo al caballo: ya lo sé, pero no dejaré el campo. Esta disyuntiva de vida oscura o muerte gloriosa no fue seguramente un descubrimiento de Homero, es un hecho simple y recurrente en la experiencia humana, individual y colectiva, desglosado en mitos y cantado en himnos.
Como escribió Borges: Entre las cosas hay una / De la que no se arrepiente / Nadie en la tierra. Esa cosa / Es haber sido valiente. Y también: Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es. El asunto es que, o por lo que bien tú dices, Silvio, a las 20:56, o por otras variaciones en el punto de vista o el momento en que se juzga una decisión, la pertinencia o el valor de esta puede no ser absoluto. Dentro de un individuo, en una circunstancia particular, inmolarse puede ser lo más fácil, el primer impulso, con la garantía de que se ha de ser considerado valiente. Tomar la decisión de la posible vida obscura, dejar pasar el momento de gloria, puede, en otro momento dado, ser la más difícil decisión. Cuando pasa el tiempo, la pertinencia de esas decisiones, también cobrará matices. Me viene a la mente ahora Fidel en el Moncada. ¿Debió haberse inmolado, o haber sobrevivido para tener la posibilidad de su autodefensa? Según quien observe, y el momento en que lo haga, el 53, los 60, los 90, las primeras dos décadas del siglo XXI o el año tres mil, se podrán obtener juicios diferentes. La verdad, más que una solución matemática, es una cuestión de fe. Lo que ha estado en juego, no es la gloria de uno, sino la vitalidad de una idea, de una posibilidad de humanidad y mundo.
Zenon, eso que tu llamas "orgullo aquilino" yo lo veo un poco más para acá en la geografía mediterránea, porque el sentido del honor es muy español, y muy romántico. Ese orgullo arraigado a veces nos impide entender a otras culturas. Y mal que nos pese eso nos emparenta con la lógica de la conquista, que jamás se empató con la idiosincracia del indio. Por eso, además de despojarlos, los discriminaron con un racismo que todavía se manifiesta ferozmente en Bolivia. Cada vez que queremos que un autóctono americano se porte como nosotros, hay algo del conquistador que se nos sale. 11 de noviembre de 2019, 20:56
Y sí, Silvio, llevas mucha razón, la diferencia de culturas condiciona posiciones diferentes ante el mismo hecho. Como ejemplo, traigo a colación el recuerdo de como en Mexico me repetían "el que se enfada pierde", no se valía la vehemencia cubana para defender una razón, y el uso de nuestras llanas frases sonaban imperativas órdenes: "alcánzame el libro", "siéntate aquí", dichos a iguales. Mis colegas mexicanos siempre decían, "¿disculpa, me podrías alcanzar el libro?", o "podrías sentarte aquí".
En cuanto a lo de "aquiliano", traje ese ejemplo pues Aquiles es modelo por antonomasia del héroe que asume un destino fatal con plena conciencia. Su madre Thetis había sido advertida de que Aquiles o bien viviría la más gloriosa de las vidas y moriría joven, recordado por siempre, o tendría una larga y oscura destinada al olvido. A tales extremos llegó ella como madre para protegerlo que hasta quiso reeducarlo como señorita, enviándolo a vivir disfrazado de doncella en la corte de un rey amigo, donde lo encontró Odiseo y lo reclutó para la guerra contra Troya. Cuando, ya en la guerra, Aquiles decide salir a vengar la muerte de Patroclo, le pide a su caballo Xantus que no lo deje muerto en la llanura sino lo traiga salvo de regreso al campamento griego. El caballo le responde que así será, pero que su día aciago no está lejos. Aquiles le dijo al caballo: ya lo sé, pero no dejaré el campo. Esta disyuntiva de vida oscura o muerte gloriosa no fue seguramente un descubrimiento de Homero, es un hecho simple y recurrente en la experiencia humana, individual y colectiva, desglosado en mitos y cantado en himnos.
Como escribió Borges: Entre las cosas hay una / De la que no se arrepiente / Nadie en la tierra. Esa cosa / Es haber sido valiente. Y también: Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es. El asunto es que, o por lo que bien tú dices, Silvio, a las 20:56, o por otras variaciones en el punto de vista o el momento en que se juzga una decisión, la pertinencia o el valor de esta puede no ser absoluto. Dentro de un individuo, en una circunstancia particular, inmolarse puede ser lo más fácil, el primer impulso, con la garantía de que se ha de ser considerado valiente. Tomar la decisión de la posible vida obscura, dejar pasar el momento de gloria, puede, en otro momento dado, ser la más difícil decisión. Cuando pasa el tiempo, la pertinencia de esas decisiones, también cobrará matices. Me viene a la mente ahora Fidel en el Moncada. ¿Debió haberse inmolado, o haber sobrevivido para tener la posibilidad de su autodefensa? Según quien observe, y el momento en que lo haga, el 53, los 60, los 90, las primeras dos décadas del siglo XXI o el año tres mil, se podrán obtener juicios diferentes. La verdad, más que una solución matemática, es una cuestión de fe. Lo que ha estado en juego, no es la gloria de uno, sino la vitalidad de una idea, de una posibilidad de humanidad y mundo.
lunes, 11 de noviembre de 2019
un continuo oleaje
Duele mucho ver lo que está sucediendo en Bolivia. He leído la exegesis del modus operandi de la derecha, las preguntas de Giordan que apuntan a no creerse que estamos descubriendo el agua tibia. Creo que hay un modus operandi de la izquierda que es también nocivo para sus propósitos, sobre todo porque entra en el juego de las profecías autocumplidas. Por supuesto me refiero a las profecías de quienes profetizan la maldad intrínseca de la izquierda, el comunismo, y sus líderes. Ante las profecías, hay tres cursos posibles. El de la Bella Durmiente o el de la bruja de Blancanieves, que da la razón al que profetiza, donde a pesar de todo lo que se haga, todas las medidas que se tomen, siempre se dará el paso fatal hasta la afilada punta de la rueca (para dejar al reino sumido en sopor y espinas por 100 años) o alguien crecerá en fuerza y belleza para hacerte sentir derrotada ante tu propio reflejo. Es una historia de fatalidad en la que los caracteres son inocentes, las circunstancias que no pueden prever ordenan su caída. El caso de la esposa de Barbazul o el del héroe Aquiles son todo lo contrario. Ellos contrarían las circunstancias que podrían desviar el curso fatal de sus destinos a sabiendas, para que este se cumpla, abren la puerta del cuarto que no deben o aceptan la provocación para entrar en la contienda que los llenará de gloria pero que conducirá a su muerte, siendo agentes activos en el cumplimiento de la profecía. Un tercer camino, raro camino, es el de Jean Valjean en Los miserables. Decide ir justamente contra la circunstancia externa y contra la ira interna, ambas empujándolo a delinquir, hasta que el propio Javert comprende que se ha equivocado. El juego obvio contra las revoluciones y sus líderes ha sido anatematizarlas de antemano. Tomando como antecedente lo peor del estalinismo, se profetiza todo el mal que traerán. Los aderechados, los que se sienten con ventaja, escogidos por selección natural, despreciadores de todo lo que consideran inferior en sus escalas, y sus acólitos que aspiran al ascenso y aceptan las reglas rapaces para lograrlo, vocearán contra los impulsores de un nuevo orden. La revolución es mala, la izquierda es criminal, ahí viene el coco, ha renacido Stalin, comienzan a vocear. En esa hora del mundo la derecha en pánico es incapaz de recordar todo lo que, desde la izquierda del mundo, se ha conseguido. No ven el ineluctable corrimiento al rojo de las estrellas y las humanidad, que pasito a pasito, terminó con la esclavización como orden moral, y con el analfabetismo como estado natural, y con la ostentación de abolengo como justicia universal. No digo que no exista función para las fuerzas conservadoras, aquí con Martí hago pausa y repito aquello de política hombre y política mujer y de locomotora con caldera y con freno que la detenga a tiempo. A la izquierda le sobra Historia de triunfo y realización, y también de oposición, ensañamiento y sangre. Muchas reglas del juego en este mundo son también conquistas de la izquierda. La derecha hace y hará todo lo posible porque la izquierda, la revolución, su líder, tropiecen y caigan, porque cumplan la profecía. El caso de la revolución cubana, perseguida por Estados Unidos, es paradigma de este insidioso guion. Siempre ha de tener el líder la voluntad de ser como Jean Valjean, en el instante en que sienta que empieza a parecerse a la profecía. A veces ha predominado la inocencia de ser como la Bella Durmiente, dando pasos en la escalera que conduce al cuarto desconocido, pero más veces ha predominado el orgullo aquiliano, la llamada del heroísmo, o el paso desafiante de quien no quiere dejar cerrada ninguna puerta. De cualquier manera, quizá el error primigenio es tener un nombre y defenderlo, querer ser el carácter, el nombre, de una realización, y no permitir que la realización más importante sea la idea. Este es el hubris que, ya consuetudinariamente, persigue a la izquierda en esta parte del mundo. Un movimiento no puede ser un hombre o su nombre, para romper un muro se necesita un continuo oleaje, aunque una ola sea mucho más alta que las otras.
la cuerda
De cualquier manera, lo que ha sucedido en Bolivia no había sido previsto, las proporciones del pueblo y el no-pueblo (este termino lo he empleado antes en circunstancias similares, cuando la polarización en Venezuela a inicios de año) tienden a la simetría. Ante dicha revelación de creciente oposición electoral... y postelectoral, las opciones son claras. Aferrar la victoria o no. Aferrar el poder o no. Pero esta dicotomía no tiene la misma implicación para alguien o algo q por vez primera llega a la cima, con su valores y propuestas y esperanzas de renovación y cambio, donde todo el capital que se defiende es futuro, a alguien o algo que se repite, que esta consolidado como alternativa y posibilidad, y cuyo capital es menos futuro que pasado, su historia como persona o identidad o movimiento o ideología. La decisión que se tome ingresara automáticamente en ese registro de lo q se es y se ha sido, pesando mas que cualquier promesa de futuro, cimentándolo como alternativa o vacunando al futuro contra si mismo, desdiciendo su pasado. Cómo, cuánto se puede tensar una cuerda, depende de circunstancias diversas: del material de la cuerda, de la edad de sus fibras, de la fuerza de las manos, del propósito de la cuerda.
miércoles, 18 de septiembre de 2019
sectarios de un dios clemente
En 1762, en
Francia, un tribunal, cegado por el fanatismo y la intolerancia, condenó a muerte
tortuosa a un inocente. Ciertamente no fue la primera vez que con la espada de
la justicia se asesinara, pero el caso de Jean Calas logró conmocionar al mundo
occidental en los pórticos de la Edad de la Razón. Los hechos, situados en
medio de la pugna entre católicos y protestantes, inspiraron a Voltaire, escritor,
historiador, filósofo y abogado, uno de los principales representantes de la
Ilustración, a escribir su “Tratado sobre la tolerancia”. Salvando las
distancias de tiempo y circunstancias, aquellas palabras, consideradas en sus
esencias, también a nosotros se refieren. Citaré en extenso las reflexiones de
Voltaire (tomadas de http://pdfhumanidades.com/sites/default/
files/apuntes/Voltaire%20-%20Contra%20el%20fanatismo%20religioso_0.pdf,
y cotejadas con http://www.gutenberg.org/cache/epub/42131/pg42131-images.epub?session_id=a80ea051a4608a75b876ba989479cb6b1c5b1f02)
para afirmar, otra vez, que hay muy poco nuevo bajo el sol.
En el caso que
ocupaba al iluminista francés, “si un padre de familia inocente es abandonado
en manos del error, o de la pasión, o del fanatismo, si (…) no tiene otra
defensa que su virtud, si los árbitros de su vida no corren otro riesgo al degollarle
que el de equivocarse” entonces “se alza el clamor público, cada cual teme por
sí mismo, se ve que nadie tiene seguridad”
“Osaré tomarme la
libertad de invitar a los que están al frente del Gobierno, y a los que están
destinados a cargos elevados, a que se sirvan examinar con detenimiento si en
efecto hay que temer que la dulzura produzca las mismas revueltas que ha hecho
nacer la crueldad; si lo que ha sucedido en determinadas circunstancias tiene
que suceder en otras; ¿acaso son las épocas, la opinión, las costumbres siempre
las mismas?”
Hace estas preguntas
a raíz de los enfrentamientos por cuestiones de fe que durante los siglos XVII
y XVIII convulsionaron la vida y la política francesas. Por ello reflexiona: “los
hugonotes, sin duda, se han embriagado de fanatismo, y manchado de sangre como
nosotros: pero la generación presente ¿es tan bárbara como sus padres? La
época, la razón que ha hecho tantos progresos, los buenos libros, la templanza
de la sociedad ¿no han penetrado nada en quienes conducen el espíritu de esos
pueblos? ¿Y no nos damos cuenta de que casi toda Europa ha cambiado de rostro
desde hace unos cincuenta años? El Gobierno se ha fortificado por todas partes,
mientras que las costumbres se han suavizado.” (…) “A otros tiempos, otros
cuidados. Hoy sería absurdo diezmar la Sorbona porque en otros tiempos presentara
un requerimiento para que se quemase a la doncella de Orleans..”; “(…) el
espíritu humano, al despertarse de su embriaguez, se ha asombrado de los
excesos a los que le había llevado el fanatismo”.
“¿Seguiremos
siendo los últimos en abrazar las sanas opiniones de otras naciones? Ellas se
han corregido, ¿cuándo nos corregiremos nosotros? Han hecho falta sesenta años
para hacer que adoptáramos lo que había demostrado Newton; (…) ¿cuándo
empezaremos a practicar los verdaderos principios de la humanidad? ¿Y con qué
cara podemos reprocharles a los paganos el haber causado mártires mientras que
nosotros hemos sido culpables de la misma crueldad en las mismas
circunstancias?”
En uno de los
capítulos finales hace un resumen de testimonios contra la intolerancia. Por
ejemplo:
“La religión
forzada ya no es religión; hay que persuadir y no obligar. La religión no se
ordena. (Lactancio, libro III). Es una herejía execrable querer ganarse por la fuerza, por los golpes, por los encarcelamientos, a aquellos a los que no se ha podido convencer por la razón. (San Atanasio, libro I).
Acordaos de que las enfermedades del alma no se curan con la fuerza y la violencia. (Cardenal Le Camus, Instrucción pastoral de 1688).
La exacción forzada de una religión es una prueba evidente de que el espíritu que la guía es un espíritu enemigo de la verdad. (Dirois, doctor de la Sorbona, libro 6, cap. 4).
La violencia puede hacer hipócritas; no se persuade cuando se profieren amenazas por todas partes. (Tillemont, Historia eclesiástica, tomo 6).
Pasa con la religión como con el amor: con ordenarlo nada se consigue, con la obligación aún menos; nada hay más independiente que amar y creer. (Amelot de la Houssaye, sobre las Cartas del cardenal de Ossat).”
Algunas frases,
por astutas, seguramente ya han resucitado en incontables citaciones: “La
superstición es a la religión lo que la astrología es a la astronomía, la hija
muy alocada de una madre muy prudente”. Para contextualizarla, agregaría: como
el igualitarismo lo es a la justicia, el paternalismo al amor, el clientelismo
a la entrega, la anuencia a la convicción.
“Pero, de todas
las supersticiones, ¿no es la más peligrosa la de odiar al prójimo por sus
opiniones?” “A menos dogmas, menos disputas; y a menos disputas, menos
desgracias: si esto no es verdad, es que estoy equivocado.”
Como hombre con
los pies en el mundo, y empeñado en hacer cambiar al mundo para mejor,
reconocía que “sería el colmo de la locura pretender hacer que todos los
hombres pensasen de una manera uniforme sobre la metafísica. Se podría subyugar
con mucha mayor facilidad al universo entero mediante las armas que subyugar a
todas las conciencias de una sola ciudad.”
“¡Oh, sectarios
de un Dios clemente!”, solo me queda repetir además la plegaria de Voltaire al
final del Tratado (excepto por un pequeño cambio de posesivo por artículo
definido):
¡Que puedan todos
los hombres acordarse de que son hermanos! ¡Que tengan horror de la tiranía
ejercida sobre las almas, lo mismo que execran el bandidaje, que arrebata por
la fuerza el fruto del trabajo y de la apacible industria! ¡Si las calamidades
de la guerra son inevitables, no nos odiemos, no nos destrocemos los unos a los
otros en el seno de la paz, y empleemos el instante de nuestra existencia en
bendecir por igual, en mil lenguas diversas, desde Siam hasta California, la
bondad, que nos ha dado este instante!miércoles, 21 de agosto de 2019
sobre el mal uso del idioma (y la razón) por una Viceministra de Educación de Cuba
Lo primero que me llamó la atención de la declaración de la viceministra, es la pobre redacción. Da pena que una viceministra utilice tan mal el vocabulario y la flexibilidad gramatical del castellano, (más pena aún que los profesionales del lenguaje de Cubadebate lo permitan).
El primer párrafo es una joya para cualquier manual de estilo y redacción, pues agrupa una cantidad tal de errores que podría usarse de ejemplo invariable en varios capítulos del hipotético manual: "La revisión de un texto circulando por las redes sociales sobre determinada “injusticia” a una profesora universitaria que usando “la crítica” ha sido expulsada de su centro nos motiva a realizar un recorrido por nuestra casa: la Educación Superior cubana, e intercambiar nuestra posición." El encabalgamiento de gerundios, las elipsis verbales y preposicionales, en el caso de Marta del Carmen Mesa Valenciano, casi constituyen marcas de estilo. Como la susodicha es arquitecta, podría decirse que su uso del lenguaje correspondería en lo arquitectónico al estilo de construcciones Girón, o al brutalismo.
El sintagma que termina el párrafo es extraordinario: intercambiar nuestra posición.¿Querría Marta intercambiar posición con Omara? ¿Se atrevería? Esta inédita versión de "El Príncipe y el Mendigo", todos sabemos que solo es posible gracias a nuestra imaginación y al estilo chapucero de Marta, que olvidó el uso de la preposición 'sobre'. Es imposible que para Marta funcione el argumento de Mark Twain, pues ella no desconoce la realidad del mendigo, la vida pobre y embozada. Simplemente la niega, la ha negado siempre, y en función de una supuesta verdad mayor, que la infatuó como el bombillo a la falena o el embarro a la cucaracha, ha luchado toda su vida, hablando lo necesario y callando lo innecesario, para ascender en las escalas del poder, autojustificandose como servidora de esa verdad que niega cualquier otra. Marta no ha llegado a donde está por ser diferente, sino por ser igual. A Omara le sucedió todo lo contrario. Y ambas lo saben, así que el supuesto ejercicio de intercambio sobra, pues Marta no es un Príncipe que desconoce una parte de la verdad del reino, sino una que se cree reina sentada sobre la verdad, y Omara no es una mendiga que se ufana ante la posibilidad de ser Príncipe, sino alguien cuya vida ha madurado en el coraje de destronar.
Luego de ese párrafo inicial de la proclama de Marta, que tan hábilmente desinvita a la lectura, mientras la vista retoza antes de definitivamente despegarse asqueada del artículo, se alcanza a vislumbrar esta agónica pregunta (cito): "¿Se podría ser un profesor que no defienda a ultranza cada paso que se da en la Revolución?" Y yo pregunto, como si solo me interesara el lenguaje, ¿en serio, cada paso que se da? Acaso Omara no está también dando pasos en la Revolución, la revolución que como un idioma, como un conjunto infinito, contiene cualquier operación, cualquier resultado, todas las palabras, a su favor o en su contra, sin más remedio para los que hemos vivido construyéndola o sirviéndola o usufructuándola o lamentándola. Seguramente saldrán, por obra y gracia del mal redactado decreto de Marta, miles de profesores a defender los pasos que en la Revolución están dando Omara, Julio Antonio, René Fidel y otros tantos. Quizás sería menos incluyente, y así más apropiado en la ideología marteana (que no Martiana) o martista o martillista, haber dicho: "cada paso que da la Revolución". Y como si no bastara defender "a ultranza" la Revolución, Martica tenía que poner más énfasis: cada paso. Por ejemplo, defender la prohibición de entrar los cubanos a los hoteles, de comprar o vender casas, de viajar libremente, de vivir conformes a su orientación sexual sin tapujos y sin persecución, la ruptura de país y familias al politizar abiertamente la emigración, la dependencia de poderes y economías foráneas... en fin, todas las aguas que tantos lodos nos han traido y seguirán trayendo.
La viceministra Marta, alejándose impunemente del principio martiano del culto a la dignidad plena del hombre y de una República "con todos y para el bien de todos", o del concepto fidelista de "Revolución es sentido del momento histórico; es cambiar todo lo que debe ser cambiado; es igualdad y libertad plenas; es ser tratado y tratar a los demás como seres humanos; es emanciparnos por nosotros mismos y con nuestros propios esfuerzos; es desafiar poderosas fuerzas dominantes dentro y fuera del ámbito social y nacional; es defender valores en los que se cree al precio de cualquier sacrificio..." no ha dicho nada nuevo, nada que no sepamos, nada que no hayamos visto y escuchado y vivido y temido y lamentado demasiadas veces. Que lo diga ahora, en los tiempos de Trump, le quita aún más novedad al asunto, no parece otra cosa que su discípula.
Su proclama solo sirve, además de ejemplo en el mal uso del Castellano o la pobreza intelectual de un viceministro de Educación Superior en Cuba, para mostrarnos una vez más que no basta cambiar una Constitución si no existe un mecanismo para que la usen sus verdaderos dueños, impidiendo los desmanes de esos que antidemocrática y reaccionariamente de ella se adueñan; que siempre que la prensa sea controlada por un grupo en el poder, la sinrazón mal redactará los titulares y ocupará las cuartillas; y que eso que Marta cree que es la Revolución, no es la Revolución, pues entonces no la tendrían que dictar los profesores, sino que la cantarían los alumnos.
Que conste, primero, que Fidel se hizo revolucionario en la Universidad y no gracias a los profesores, y segundo, que si he usado demasiados gerundios es porque se me ha pegado de Marta.
El primer párrafo es una joya para cualquier manual de estilo y redacción, pues agrupa una cantidad tal de errores que podría usarse de ejemplo invariable en varios capítulos del hipotético manual: "La revisión de un texto circulando por las redes sociales sobre determinada “injusticia” a una profesora universitaria que usando “la crítica” ha sido expulsada de su centro nos motiva a realizar un recorrido por nuestra casa: la Educación Superior cubana, e intercambiar nuestra posición." El encabalgamiento de gerundios, las elipsis verbales y preposicionales, en el caso de Marta del Carmen Mesa Valenciano, casi constituyen marcas de estilo. Como la susodicha es arquitecta, podría decirse que su uso del lenguaje correspondería en lo arquitectónico al estilo de construcciones Girón, o al brutalismo.
El sintagma que termina el párrafo es extraordinario: intercambiar nuestra posición.¿Querría Marta intercambiar posición con Omara? ¿Se atrevería? Esta inédita versión de "El Príncipe y el Mendigo", todos sabemos que solo es posible gracias a nuestra imaginación y al estilo chapucero de Marta, que olvidó el uso de la preposición 'sobre'. Es imposible que para Marta funcione el argumento de Mark Twain, pues ella no desconoce la realidad del mendigo, la vida pobre y embozada. Simplemente la niega, la ha negado siempre, y en función de una supuesta verdad mayor, que la infatuó como el bombillo a la falena o el embarro a la cucaracha, ha luchado toda su vida, hablando lo necesario y callando lo innecesario, para ascender en las escalas del poder, autojustificandose como servidora de esa verdad que niega cualquier otra. Marta no ha llegado a donde está por ser diferente, sino por ser igual. A Omara le sucedió todo lo contrario. Y ambas lo saben, así que el supuesto ejercicio de intercambio sobra, pues Marta no es un Príncipe que desconoce una parte de la verdad del reino, sino una que se cree reina sentada sobre la verdad, y Omara no es una mendiga que se ufana ante la posibilidad de ser Príncipe, sino alguien cuya vida ha madurado en el coraje de destronar.
Luego de ese párrafo inicial de la proclama de Marta, que tan hábilmente desinvita a la lectura, mientras la vista retoza antes de definitivamente despegarse asqueada del artículo, se alcanza a vislumbrar esta agónica pregunta (cito): "¿Se podría ser un profesor que no defienda a ultranza cada paso que se da en la Revolución?" Y yo pregunto, como si solo me interesara el lenguaje, ¿en serio, cada paso que se da? Acaso Omara no está también dando pasos en la Revolución, la revolución que como un idioma, como un conjunto infinito, contiene cualquier operación, cualquier resultado, todas las palabras, a su favor o en su contra, sin más remedio para los que hemos vivido construyéndola o sirviéndola o usufructuándola o lamentándola. Seguramente saldrán, por obra y gracia del mal redactado decreto de Marta, miles de profesores a defender los pasos que en la Revolución están dando Omara, Julio Antonio, René Fidel y otros tantos. Quizás sería menos incluyente, y así más apropiado en la ideología marteana (que no Martiana) o martista o martillista, haber dicho: "cada paso que da la Revolución". Y como si no bastara defender "a ultranza" la Revolución, Martica tenía que poner más énfasis: cada paso. Por ejemplo, defender la prohibición de entrar los cubanos a los hoteles, de comprar o vender casas, de viajar libremente, de vivir conformes a su orientación sexual sin tapujos y sin persecución, la ruptura de país y familias al politizar abiertamente la emigración, la dependencia de poderes y economías foráneas... en fin, todas las aguas que tantos lodos nos han traido y seguirán trayendo.
La viceministra Marta, alejándose impunemente del principio martiano del culto a la dignidad plena del hombre y de una República "con todos y para el bien de todos", o del concepto fidelista de "Revolución es sentido del momento histórico; es cambiar todo lo que debe ser cambiado; es igualdad y libertad plenas; es ser tratado y tratar a los demás como seres humanos; es emanciparnos por nosotros mismos y con nuestros propios esfuerzos; es desafiar poderosas fuerzas dominantes dentro y fuera del ámbito social y nacional; es defender valores en los que se cree al precio de cualquier sacrificio..." no ha dicho nada nuevo, nada que no sepamos, nada que no hayamos visto y escuchado y vivido y temido y lamentado demasiadas veces. Que lo diga ahora, en los tiempos de Trump, le quita aún más novedad al asunto, no parece otra cosa que su discípula.
Su proclama solo sirve, además de ejemplo en el mal uso del Castellano o la pobreza intelectual de un viceministro de Educación Superior en Cuba, para mostrarnos una vez más que no basta cambiar una Constitución si no existe un mecanismo para que la usen sus verdaderos dueños, impidiendo los desmanes de esos que antidemocrática y reaccionariamente de ella se adueñan; que siempre que la prensa sea controlada por un grupo en el poder, la sinrazón mal redactará los titulares y ocupará las cuartillas; y que eso que Marta cree que es la Revolución, no es la Revolución, pues entonces no la tendrían que dictar los profesores, sino que la cantarían los alumnos.
Que conste, primero, que Fidel se hizo revolucionario en la Universidad y no gracias a los profesores, y segundo, que si he usado demasiados gerundios es porque se me ha pegado de Marta.
lunes, 3 de junio de 2019
misiones en conflicto
Con
relación al escrito que encabeza la entrada, yo -que soy médico también, y
cumplí misión en Haití, y luego fui de Colaboración a Trinidad y Tobago, casado
con una doctora que cumplió misión en Venezuela, con decenas de amigos y
conocidos con los que compartí vivencias o que me hicieron conocer, de primera
mano, sus experiencias en otras colaboraciones y misiones-; yo veo, además del
problema global de la corrupción, el problema específico cubano, relacionado
con la manera en que está organizada nuestra cooperación internacional en
salud, el cual es una expresión de otros problemas nuestros, vinculados con los
derechos laborales, la concepción que tenemos de lo que es la dignidad humana,
y el vaivén de lo individual a lo colectivo, asuntos estos que, mal
comprendidos o peor implementados, son combustible de una corrupción que puede
alcanzar cotas sistémicas. La corrupción a "pequeña escala", por llamarla
de alguna manera, a la que algunos, se han referido en comentarios precedentes,
en Cuba se practica con la misma astucia y casi con el mismo derecho conque los
de Fuenteovejuna gritaron "todos a una". No creo que pertenezca a la
misma categoría de la verdadera Corrupción, cuyo fin último es el lucro y el
empoderamiento de un individuo o un grupo. Los cubanos "de a pie",
que no roban sino "luchan", que comercian en especie, en favores y en
influencias de poca monta para obtener magras ganancias, casi siempre en
satisfacción de necesidades simples (no de la codicia), son más que nada
víctimas y culpables de una devaluación ética: la pobreza, la necesidad, se ha
vuelto la justificación última del hurto, de la indolencia, del ventajismo, y
cada cual encuentra la coartada perfecta en la coralidad de la práctica. Vuelvo
a decirlo: antes de 1959, que había más pobreza, el pobre presumía de las
riquezas de ser limpio, decente y honrado. Ahora, igual que antes de 1959, los
que más roban son los ricos.
¿Qué
es ser rico en Cuba hoy, o hace 5 años, o hace 20 ó 30 años? Esta es otra
pregunta que, convenientemente, siempre se ha mal respondido. Las viejas
categorías de la dialéctica sobre lo cualitativo y lo cuantitativo se han
mantenido cautelarmente fuera de este ámbito, y se ha preferido asociar la
riqueza a cantidades enumerables: que si un carro o que si dos, que si una casa
o que si dos, mil pesos o cincuenta mil... Y así, dejamos de percibir, o lo
hicimos conformistamente, diferencias cualitativas, diferencias de posibilidad,
que cavan un abismo aún más grande que el que existe entre el rico y el pobre
de los tan desiguales países allende los mares. Un jefe en Cuba tiene un carro,
o un carro y un chofer, además de la gasolina; la mayoría de los cubanos apenas
si ha podido permitirse soñar con un carro, condenados de por vida y
generaciones a un ineficiente transporte público y a su bicicleta. Pueda el
rico en otra latitud andar en limusina o en el carro del año, que el pobre
también puede sobre cuatro ruedas propias transitar las mismas carreteras.
Pueda en otra latitud el rico viajar en su jet privado, que el pobre también
podrá sacar su pasaje aéreo solo por la curiosidad de probar el pájaro de
metal; mientras entre nosotros, despegarse del suelo patrio hasta hace muy poco
era un privilegio. Podría poner ejemplos que incluirían vacaciones en Varadero
o en el campismo, la eliminación de gratuidades y estímulos sindicales para
"todos" menos para algunos sectores, el acceso a hospitales con
cuartos individuales o salas como albergues cuyos profesionales también
difieren en posibilidades de superación y de ejercicio de la profesión. Visto
de esta manera, en Cuba siempre ha habido ricos y pobres. Y lo peor: bajo
la égida de la igualdad. Pero obviamente una igualdad donde nosotros somos
iguales a nosotros y ellos son iguales a ellos, con las reglas para transitar
ese largo trecho, del nosotros al ellos, nunca estrictamente definidas. Pero,
si se me diera dado formularla, creo que la esencia sería contraria a la
propaganda sobre el sacrifico, la entrega y la incondicionalidad
revolucionarias, estaría no en dar lo mejor de cada cual, en tensar nuestra
capacidad o potencialidad para servir al pueblo, sino en tratar de actuar lo
más parecidamente a Ellos para ser aprobados. Pues bien, creo que en Cuba aun
los que más roban son los ricos, y esa es la verdadera corrupción, la que
empobrece al país, la que lo desangra, la que alimenta la decadencia ética de
los de a pie. Esa es la más dañina al sistema, no porque lo destruye como un
cáncer, sino porque lo subvierte, lo transforma y lo pone a su servicio: como
hace un parásito, como hace un virus. Eventualmente llega el colapso, pero ya
para entonces el organismo corruptor está listo para implantarse en otro sitio.
Estas
cosas en relación con las misiones me duelen profundamente, desde lo anecdótico
en mi carne o en la de otros a quienes quiero y respeto. Pondré solo un ejemplo
más, que no es puntual, sino forma parte de la ecología de la corrupción y
específicamente de los hombres corruptos. Conozco tres mujeres, doctoras
independientes e inteligentes, una Intensivista de La Benéfica, una Oftalmóloga
del Pando Ferrer, una endocrinóloga por la Universidad de Nueva York, víctimas
de acoso sexual por sus jefes en la misión médica en Venezuela. ¿Era visto como
acoso por parte de la mayoría? No. Era visto como lo normal, y ellas como las
anormales, que perdían la oportunidad de los favores del jefe, que incluyen
casas mejores e independientes, carro, más posibilidades de ahorro, envío
preferencial de paquetería a Cuba… ¿Podían rebelarse? Quizás. A su manera lo
hicieron. Una escogió "desertar" de la misión, claro que no solo por
eso, pero algo así termina siendo detonante de la decisión. Otra decidió
terminarla antes de tiempo, eternamente agradecida de lo mucho que la apoyó la
familia venezolana que la acogió aquellos tres años cuando fue incomprendida
por sus compañeros cubanos. La tercera le pagó al jefe con la misma moneda, lo
chantajeó a él para que la dejara tranquila. ¿Existe una estructura de
denuncia? Quizás. ¿Es eficaz? No. Son casos aislados. No. Fueron grandes
jerarcas los que abusaron de su posición. No. Muchas veces seres anónimos
asumen una función en la estructura, con más o menos experiencia previa, y poco
a poco asimilan códigos malsanos, incentivados por la innegable ventaja de la
posición que ocupan. Empiezan a dejarse de sentirse ellos mismos como
"recursos humanos", o "medios básicos", la seria broma
deprecativa con que los profesionales de la salud se identifican a sí mismos.
El sistema esta sellado, el control de las misiones es monopólico, solo se
puede ser altruista de una sola manera, bajo una sola iniciativa y con un solo
permiso. Los que están de misión también están "luchando", no solo la
nobleza del internacionalismo los empuja a ellas, sino las necesidades en casa,
y el deseo de aventura vital (no se olvide que durante largo tiempo fue casi la
única manera que tuvimos los de "a pie" para conocer otro horizonte
del mundo). Los "cooperantes" no quieren señalarse en un terreno que
a veces resulta más estrecho que el del sectorial de salud de un municipio,
pero otras mucho más holgado. Además, hay una jerarquía de misiones, y no
señalarse en una donde pagan 300 dólares, es buen inicio para ganarse otra
donde pagarán mil quinientos. Además de estos tópicos pedestres, se podrían
discutir otros elevados, pero igual de borrascosos, como los reportes
estadísticos adulterados para alimentar un discurso. Un día el jefe de la
misión médica en Haití, hace 20 años dijo: "señores, aflojen, que horita
no se puede caminar en este país sin caerse en un hueco". Una de los
números que debíamos entregar era la cantidad de letrinas sanitarias abiertas
por pacientes luego de las charlas sanitarias del personal de salud cubano… y
se habían reportado tantas. No estoy viendo las manchas del sol: estoy
mostrando desechos radioactivos.
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